Psicólogo, MBA, Mario Bernal
En contexto, desde el año 2020 a raíz de la pandemia COVID 19, hemos tenido que atravesar por más de 18 meses de “anormalidad social”. Esta situación, se ha establecido como base para empezar a entender que no solo las emociones, sino que la vida y experiencias de cada quien, son elementos únicos e irrepetibles de nosotros. Hoy en día, ser vulnerable es recomendable.
No obstante, hemos pasado mayor tiempo en casa debido al aislamiento preventivo, lo cual nos ha obligado de cierta manera a trasladar el trabajo a nuestro lugar de habitación. Experimentando que los problemas de casa son los mismos, aunque trabajemos o no en ella. Lo que ha cambiado, es que ya no podemos dejarlos en “casa”, porque resulta que este lugar se convertido en nuestra oficina durante meses, y no es una opción dejar de vivirlos. Hacen parte de nuestra cotidianidad y, por ende, de nuestra naturaleza humana, creando así condiciones poco favorables a nuestra salud mental.
Si a esto, le agregamos los mitos que existen en nuestra sociedad con respecto a entender y aceptar el tema de salud mental como un componente más de nuestra existencia. Entonces, nos encontramos frente al gran dilema de si hacer o no públicas nuestras sensaciones y emociones. Además de no encontrar un sistema de salud con la capacidad de atenderlas a diferentes niveles.
La pandemia de coronavirus ha hecho tambalear la salud del planeta. Primero, por la amenaza de la propia COVID, pero también por el impacto de todas esas intervenciones y consultas que la crisis sanitaria obligó a aplazar. El virus ha dejado ya 236 millones de infectados y casi cinco millones de muertos, pero también ha retrasado diagnósticos y ha avivado una epidemia de mala salud mental que ya se cierne sobre la calle. Un estudio internacional publicado en la revista The Lancet estima que los casos de depresión mayor y trastorno de ansiedad en el mundo han aumentado un 28% y un 26%, respectivamente, durante la pandemia. (Mouzo, 8 octubre del 2021)
En conclusión, es una tarea urgente y prioritaria, educarnos sobre la existencia y aceptación de nuestra naturaleza humana. Reconocernos como seres con sentimientos, emociones, ideas, razones y capacidades de transformación y desarrollo, las cuales son posibles administrando los recursos con los que convivimos. Por ello, la salud física y mental deben ir de la mano. Se recomienda buscar ayuda profesional en situaciones que afecten nuestra salud mental o sintamos que las condiciones no son las adecuadas.
